sábado 5 de marzo de 2011

DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER




Ante una nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer, las Damas de la Orden saludan a todas sus seguidoras y comparten con ustedes un cuento premiado en un concurso organizado por la Dirección General de la Mujer, bajo la consigna: La belleza femenina:¿Un ideal?.
Esperamos que lo disfruten y ¡Feliz día para todas!



VERDE ESMERALDA


Cuando la encontraron muerta, nadie hubiera imaginado que bajo esa capa de mugre y harapos estaba la “Estrella del Sur”, como la llamaban en los salones coloniales.
Hija de un rico comerciante, aunque no pertenecía a la aristocracia, la fortuna de su padre y su belleza, le habían facilitado el acceso a los hogares de rancia estirpe, donde pronto se la conoció por sus inmensos ojos verdes y por lo exclusivo de sus joyas, que exhibían siempre un centro de esmeraldas. Ella reía cuando alguien le preguntaba cuál era el motivo por el que no lucía también brillantes o rubíes, y contestaba alegremente que sólo las esmeraldas realzaban el color de sus ojos como estos se merecían.

No le fue difícil conseguir marido, y en pocos meses obtuvo el máximo trofeo en exposición en esos momentos. Se casó con un fino aristócrata, que era codiciado por su alcurnia, pero también por su estampa varonil y su simpatía. La boda fue de campanillas, y la pareja parecía destinada a vivir por siempre en una mágica burbuja de felicidad sin límites, pero (siempre hay un pero), la afición del esposo por el juego, y las grandes sumas que perdía, pronto hicieron perder estabilidad a la situación financiera del matrimonio. Por otra parte, los desatinados gastos que demandaba la malcriada muchacha, condujo a los esposos a interminables discusiones, las que fueron aumentando en violencia, hasta que ni ellos mismos pudieron reconocerse en esos dos seres de hermosos rostros, distorsionados por el egoísmo y la ambición.

Pronto, él cayó en manos de un conocido usurero, y cuando ya no tuvo con qué devolver los préstamos, no halló mejor forma de resolver sus problemas, que asesinarlo. Contó para ello con la ayuda de dos jóvenes compañeros de correrías, quienes lo secundaron en la macabra tarea de matar al prestamista y ocultar luego el cadáver. Pero no tuvieron en cuenta el azar, que hizo que unos niños hallaran el cuerpo en un pozo de agua abandonado, en los fondos de una quinta que pertenecía al padre del asesino.

Apresados, sus cómplices confesaron, pero él huyó, abandonando a su amada y sin preocuparse por sus amigos, quienes fueron ajusticiados poco después. La joven se encontró de un día para otro, repudiada por la sociedad y por su propia familia, que pensaba que gran parte de la culpa era suya, por haber reclamado de su esposo la constante entrega de valiosas joyas, pretextando que únicamente el brillo de las esmeraldas armonizaban con su hermosura. Y pareció que sus palabras fueran verdad. Al verse privada de sus gemas, que pronto desaparecieron a manos de sus acreedores, su propio brillo se opacó, su cabello perdió lozanía y hasta su tersa piel se marchitó sin remedio.

Después de entregar su señorial residencia, pareció perderse en la nebulosa del tiempo. En pocos meses, la incipiente gran aldea la olvidó y nadie se preocupó cuando más tarde, corrió un rumor que la hacía viviendo en los suburbios, en concubinato con un irlandés borrachín, que la había recogido por lástima. Fue más o menos para esa época que su mente comenzó a perderse en espesos jirones de tinieblas, que se fueron multiplicando a medida que el tiempo pasaba. Después, hasta el recuerdo de sus ojos verde esmeralda quedó sepultado en el olvido.

Muchos años más tarde, el párroco de San Francisco se había habituado a ver ese despojo humano que dormía en las escalinatas de la iglesia, sin hablar con nadie y con un loco resplandor en los inmensos ojos verdes que parecían iluminar su sucio rostro. Se la conocía como “la loca de la esmeralda”, porque siempre tenía su mano izquierda cerrada con fuerza, apretando lo que ella denominaba “su esmeralda”. Algunos le creían y trataban de quitársela, pero la loca escapaba siempre entre las risas de los vagabundos y las burlas de los niños.

Hasta que una noche, un mulato pendenciero, muy pasado de copas, la empujó por las escaleras al intentar arrebatarle la gema. Asustado, al ver a la mujer inmóvil y que un charco de sangre se formaba rápidamente bajo su cabeza, empapando los escalones de piedra, huyó sin su botín.
Al alba, cuando el sacerdote la encontró, su mano agarrotada aún sostenía firmemente un gran trozo irregular de vidrio verde, residuo indudable de alguna botella olvidada.

SILVIA NORA MARTINEZ

2 comentarios:

  1. Graciela AntoñanzasMar 5, 2011 04:29 PM

    Les aclaro que éste cuento premidado fué escrito por Silvia Martinez nuestra presidente de la Orden del Abanico.Todas las Damas estamos orgullosas de ella que tan bien nos representa y ahora internacionalmente ya que otro cuento de ella fue publicado en un blog de Israel. Felicitaciones Silvia.

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  2. Vamos Silvia todavía!!!!! Ecos de la barra del taller, un beso grande. Ma.Cristina Mastrolonardo

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